Ayuda a la vida, Enero 2011

El dinero

El dinero es fuerza. Produce algo. De él surge algo, por ejemplo una prestación que será retribuida. Cuanta más alta la prestación, más potente el dinero resultante, que se corresponde con ella. Sin embargo, si el dinero es menos que la prestación que retribuye, conservará su valor pero tendrá poca fuerza. Si es más que la prestación producida por él, igualmente pierde su fuerza. Con eso, quiere indicar que desea marcharse. El dinero no quiere ni puede quedarse.
Lo mismo es válido cuando atesoramos el dinero en lugar de producir algo o de financiar una prestación con ello. Del dinero desvinculado de cualquier rendimiento que pudiera servir nuestra vida o la de otros, se quedan las cifras sin valor real. Recuperan su valía cuando vuelven a producir más que sólo cifras, a producir una prestación que a su propietario le exige un esfuerzo personal, y cuando no es sustraído a otros sino que es gastado y ofrecido con la meta de alcanzar algo que sirva al grupo. Eso generalmente, y  vale aquí también, a cambio de alguna compensación. El dinero prestado, que remplaza un esfuerzo, se echa a perder. Se pierde, sin fuerzas.

El dinero circula en un circuito de prestación y remuneración, de nuevas prestaciones y nuevas remuneraciones. En este circuito, ambas crecen, la prestación y la remuneración.

A la inversa, sin prestación y su remuneración correspondiente, o cuando el dinero es prestado o regalado, sin corresponderse con una prestación de valor equivalente, se desarrolla un circuito semejante, sin embargo en este caso, de pérdida en pérdida, hasta que el excedente desaparezca. Del cielo, regresa a la tierra.

Aquel que desprecia el dinero, éste lo mantiene alejado. Sin el dinero, se vuelve débil y permanece pobre. A aquel que es frugal y con poco se las arregla, el dinero se le vuelca, y llega cuando se lo necesita. Representa una fuerza.
Aquel que valora el dinero puede dejarle la rienda suelta. Lo tiene atado con una cuerda larga, igual que un perro. Tanto más a gusto regresa hacia él, cuando lo necesita y lo llama.

A veces, el dinero se retira. Por ejemplo, las veces que desconsideramos un servicio producido para nosotros y ofrecido, a menudo con mucho amor, sobre todo por parte de nuestros padres. Si logramos apreciar su servicio, nos llega, así como a ellos, la recompensa que con este servicio se corresponde.
Esto es válido por todo lo demás. Cuando respetamos la prestación que otros producen para nosotros, a menudo sin retribución, llega para ellos y nosotros una recompensa. Ellos nos pagan nuestro respeto con más de su prestación, sin contar el esfuerzo. Sin nuestro aprecio, su prestación se demora.

Todo el dinero viene y se queda en este mundo. En el otro, más allá del nuestro, rige otra moneda. Sin embargo, el dinero tiene un efecto en aquel otro mundo, cuando lo podemos tomar y  luego dejar de buena manera. Tiene permiso, al acabar nuestro tiempo aquí, para quedarse. Ha cumplido con su servicio.
La pregunta surge ¿para qué o para quién se queda? ¿Aquel que después de nosotros lo recibe tendrá la fuerza de conservarlo? ¿Se transformará en salario para una prestación o se volverá una carga que aplasta en lugar de brindar algo?

¿Qué resulta de estas reflexiones? El dinero se comporta como un mensajero mandado desde otra parte. Quiere que lo adquiramos para producir algo con él y luego que lo dejemos, cuando nos toque. Oímos el mensaje transmitido por este recadero y respetamos cuidadosamente lo que, estando al servicio de su señor, él nos exige, sea lo que sea. No podemos y no tenemos permiso para escoger.

Despedir

Despedimos a un colaborador cuando su rendimiento flaquea. Y a la vez, lo aliviamos de una preocupación, la de ponerle en situación de deuda,  lo cual va más allá de la relación de trabajo. Si no, los papeles se ven invertidos. Él exige en vez de dar, y nosotros damos en lugar de exigir.
Aquí se trata de fijar los límites, para él y para nosotros. Aquel que demanda, tiene que dar también. Aquel que da, puede y debe demandar lo conveniente.

¿Cuál es el proceso interno al que se llega? Desde un principio, ambas partes tienen que saber que se trata de una relación de igual a igual, de dos partes autónomas entre sí, en la que no se instalan expectativas secretas ni se producen prestaciones que van más allá de esta relación. Si el colaborador se comporta como si tuviera derecho a recibir más de lo que produce, como por ejemplo a ser cuidado por nosotros como un niño en su familia, y si nosotros entramos en ello, los papeles se ven invertidos.

A la inversa, no puedo esperar más de él que lo que el designio, al servicio del que me encuentro, exige. Yo me encuentro tomado al servicio de un designio, aquí también de igual a igual. Sirvo el designio y el colaborador me sirve, en la medida de la prestación realizada. Si mengua mi prestación, mengua el designio. Si se evidencia el desinterés del colaborador por mí y los demás, mi interés y esfuerzo por él  también se reducen. Entonces, lo despido y lo reemplazo por otro.

En ambos casos, se trata de la prestación que sirve un propósito que sobrepasa el nivel de lo personal. Al fin y al cabo, la prestación sirve el avance y es medida por él. Cuando dejamos de servirlo, él nos deja. El resultado es lo determinante, aquí también.

Nos despedimos a nosotros también, cuando nuestro servicio no se corresponde más con la meta. Nos retiramos y dejamos el sitio a otros.

Nos podemos preguntar si estamos implicados con amor en la meta, y si nos alegramos cuando resulta. ¿Conserva ella la prioridad o se ve retrocedida a un rango secundario, reduciéndose en lugar de crecer? Cuando la meta es amenazada de abandono por nosotros, el orden se restablece en cuanto vuelve a encontrar su sitio de prioridad. La servimos, y ella nos sirve mientras la seguimos sirviendo.
Entonces, podemos quedarnos, tal como otros. ¿De qué manera? Provisionalmente, mientras tengamos cuidado y nuestra prestación crezca en vez de disminuir. Así se mantiene también la vida, hasta que su prestación flaquee y que al final nos despida.

Bert Hellinger

www.hellinger.com