por Jordi Morella

Había una vez una niña que vivía con sus padres. Como cada mañana, la despertaron para que se levantara e ir al colegio. Aquel día,  como otros, la niña, después de mirarse al espejo le dijo a su madre:

–        ¡Mamá, hoy quiero que me hagas trenzas!

Después de lavarse la cara, su mamá cogió dos gomas para el pelo y le hizo las trenzas que su hija le había dicho. Salió de su casa en dirección a la escuela acompañada de su padre que trabajaba cerca del centro.

La niña pasó todo el día en la escuela porqué también se quedaba a comer. Por la tarde, cuando ya se encontraba en su casa y habiendo oscurecido, después de cenar fue a lavarse los dientes y se dio cuenta que le faltaba una trenza, cuando por la mañana tenía dos.

-¡Mamá! – se oyó una voz que chillaba desde el lavabo.

-¡Papá!, ¡Venid, corred, venid! – se oyó nuevamente.

Cuando sus padres llegaron se encontraron a su hija buscando su trenza por el recibidor en dirección a su habitación.

–        ¿Aïna, qué te pasa hija? – preguntó su madre mientras la veían que buscaba alguna cosa.

–        He perdido una trenza y no la encuentro.

Sus padres le ayudaron a buscarla, pero nada. Entonces cogieron a la niña y los tres se fueron al comedor.

–        A ver, ¿cómo puedes perder una trenza y no darte cuenta, hija? – le dijo su padre.

–        No lo sé. Esta mañana la llevaba y ahora ya no la tengo.

–        ¿Quieres decir que no te la has desecho? – insistió la madre.

–        ¡Que no mamá! No me he tocado el cabello.

–        A ver, ¿cuándo la has encontrado a faltar por primera vez? – le preguntó su padre.

–        Ahora, cuando me he ido a lavar los dientes.

–        ¿Y antes no? ¿A lo largo del día no la has encontrado a faltar?

–        No – respondió la niña.

–        ¿Hoy has tenido gimnasia?- le preguntó su madre.

–        Sí, esta mañana – respondió

–        Cuando has acabado la gimnasia, ¿tenías todavía las dos trenzas? – intervino el padre.

–        Sí, todavía las tenía porque se me había caído un pelo a la cara y me lo he tirado hacia atrás.

–        ¿Qué has hecho después de la gimnasia? – continuó preguntando el padre.

–        Hemos vuelto a clase.

–        ¿Y después?

–        Hemos hecho un poco de relajación antes de salir al patio y esperar el turno para ir a comer.

Después de analizar todo el día llegaron a la conclusión que cuando se fue a comer ya solo llevaba una porque alguna de sus compañeras la miraban un poco diferente.

–        ¿Qué habéis hecho en relajación? – preguntó la madre.

–        Un ejercicio que viajábamos a un país donde se encontraba la llave de la felicidad y que para entrar nos pedían algo nuestro y que si a la salida no acertábamos cuál era la llave de la felicidad no nos devolvían lo que habíamos dejado a la entrada, y que no nos lo devolverían hasta que supiésemos cuál es esta “cosa” que nos hace ser felices.

–        Vaya, y por lo que veo, tú no lo has adivinado – dijo su madre interrumpiéndola.

–        No. Yo le dejé una de mis trenzas y el guardián de la entrada la puso en una caja forrada por dentro de una ropa de color lila. Entré y…. ¡todo era tan bonito! La gente estaba contenta y hacían mucha broma entre ellos. Pregunté a uno cuál era la llave de la felicidad y me dijo que sintiese a mi corazón que él me lo diría. Le pregunté a otro y me dijo que aquello que buscaba se encontraba dentro de mí, señalándome el pecho. Yo veía que todos estaban felices y como si se conociesen.

–        ¿Escuchaste a tu corazón? – preguntó su padre.

–        No.

–        ¿Y por qué no lo escuchaste? – continuó.

–        Porque yo quería que me lo dijesen  y así poder ser la primera en salir de allá.

–        ¿Qué no te encontrabas bien en aquel país? – interrumpió la madre.

–        ¡Oh, sí, muy bien! Todo era muy divertido y me lo pasaba bien estando con ellos.

–        ¿Jugaste? – preguntó su padre.

–        ¡Sí!, te dejaban jugar con ellos y no les importaba perder porque todo y así se lo pasaban muy bien. Jugaban para pasárselo bien, no para ganar.

–        ¿Qué pasó al final al querer salir? – preguntó su madre.

–        Pues que al querer salir y encontrarme al guardián de la entrada me preguntó cuál era la llave de la felicidad y yo le dije: pasárselo bien y reír.

Entonces él me dijo:

–        ¡No!, todavía no te la puedo dar hasta que encuentres la llave que te hará ser feliz.

De esta manera dejé aquel país volviendo del viaje con una trenza menos.

Cuando me desperté de la relajación me sentí extraña porque era como si me faltase alguna cosa, como si hubiese de saber alguna cosa importante. Estando todavía pensativa con lo que había vivido en el ejercicio de relajación, sentí una voz de fondo que decía:

–        Va, y ahora id saliendo despacio sin demasiado ruido. Los que os quedéis a comer id al patio pequeño, como siempre, ¿eh?

Era la maestra que ya habíamos acabado y ya podíamos salir al patio.

Entonces el padre le preguntó:

–        Entonces, Aïna, todavía no sabes cuál es la llave de la felicidad?

–        Yo pensaba que era pasárselo bien y reír.

–        Ya sabes que no volverás a tener dos trenzas hasta que encuentres la respuesta – dijo el padre.

–        Mamá me hará otra – dijo.

–        ¡No! Me parece que no servirá de nada – dijo su madre.

–        ¿Por qué?- preguntó la niña.

–        Porque me parece que cada vez que te pusiese la goma, la trenza desaparecería – respondió segura su madre.

–        ¡Que no! ¡Ya verás! ¡Pruébalo! – dijo la niña.

La madre cogió parte de su cabello, lo estiró, hizo una trenza, y al ponerle una goma ¡zás! , como por arte de magia, la trenza desapareció.

–        ¿Lo ves hija? Solo conseguirás tener la otra trenza nuevamente cuando encuentres la llave de la felicidad.

–        ¿Vosotros la sabéis? – preguntó la niña.

La madre asintió con la cabeza.

–        ¿Y tú, papá, también lo sabes?

–        Sí – respondió.

–        Entonces decídmelo y así yo también lo sabré y podré recuperar la trenza.

–        Amada hija, ¿Qué te sientes bien con nosotros? – preguntó el padre.

–        Sí – respondió rotundamente.

–        ¿Por qué? – continuó preguntando el padre.

–        Porque me amáis – respondió Aïna.

–        Nosotros también, hija. Eres un regalo del cielo para nosotros.

Entonces el padre se acercó a ella y le besó. Su madre le hizo una sonrisa y también le hizo un beso de ir a dormir, a la vez que le dijo:

–        Venga, ahora ves a dormir.

–        ¡Pero si no me habéis contestado!

–        Ahora, cuando te pongas en la cama ten presente lo que te hemos dicho y esta noche vigila los sueños, quizás mañana tengas una sorpresa – continuó diciendo la madre.

–        ¿Mañana ya lo sabré?

–        Es probable – dijo el padre.

 Aïna se fue a su habitación pensando con lo que le habían dicho sus padres y cuando ya se encontraba dentro de su cama se sintió muy amada por ellos.

Aquella noche tuvo un sueño que le dijo cuál era la llave de la felicidad.

Cuando se levantó y fue al lavabo se dio cuenta que volvía a tener las dos trenzas. Había encontrado la respuesta.

¿Y tú, ya sabes cuál es la llave de la felicidad?http://jordimorella.blogspot.com 

Articulo difundido por

Ciudad Virtual de la Gran Hermandad Blanca – http://hermandadblanca.org/