Cuentan de un hombre que en tiempos fue rico y que debido a su soberbia perdió cuando tenía, pues no midió el alcance de sus actos.
Un día, paseando, mientras iba tratando de distraer su mente para adaptarse a su nueva situación de asalariado, se encontró con una bolsa de dinero; moneda de oro que le convertían, de nuevo, en un hombre rico.
Se puso muy contento y pensó que no cometería los mismos errores que la otra vez. Así fue durante un tiempo haciendo feliz a cuantos le rodeaban y siendo su vida alegre y exenta de soberbia.
Sin embargo, el destino le tenía preparada una sorpresa.
Él nunca pensó en quién habría podido perder el saco de monedas y, aunque ese pensamiento no ocupaba su mente, interiormente estaba preocupado por si aparecía su propietario.
Una noche soñó con el anterior dueño de las monedas y fue tan vívido el sueño que, al despertar, pensó que iba a aparecer y llevarse el dinero. Su carácter cambió. Se hizo huraño, intransigente y veía fantasmas por todas partes.
Su carácter le fue dejando sin amigos y, un día, se puso a tirar el dinero porque creía que el anterior dueño estaba fuera esperando recogerlo.
Volvió a ser pobre y esta vez amargado, sobre todo cuando supo que el anterior dueño había muerto el mismo día que Él encontró la bolsa.
 
Moraleja:
 
Mirad lo que tenéis y no os creéis fantasmas que rompan vuestra felicidad, porque sería, como poco, estúpido.