Cada año de nuevo termina el año viejo y comienza uno nuevo. Al margen de lo que haya acontecido en el año que se acaba y al margen de lo que traiga el nuevo, detrás del cambio de año reina una ley cósmica. La tierra gira alrededor de su punto central, el sol, es atraída por él y por él mantenida en su órbita que en el transcurso de un año completa un ciclo y da lugar a que uno nuevo se inicie. Esto sucede independientemente de lo que pasó sobre la tierra o de lo que vaya a pasar.

Al final del año podemos insertarnos concientemente en ese ritmo cósmico. ¿Cómo? Con serenidad. De todas maneras todo recorrerá su rumbo cósmico. Todo lo que nos aparece cercano e importante se aparta de nosotros y hace lugar a algo eterno que siempre permanece igual para nosotros, siempre en el mismo movimiento.

También nosotros giramos con la tierra alrededor de un centro, alrededor de un centro humano, alrededor de nuestro centro. Ese movimiento es asimismo un movimiento cósmico. A diferencia del giro de la tierra alrededor del sol que nosotros en su dimensión percibimos como trascendente, superior y en todo sentido independiente, el giro alrededor de nuestro propio centro al que también percibimos infinitamente alejado de nosotros lo experimentamos de forma directa, atraídos por ese centro que jamás nos suelta.

Cada año que pasa algo avanza, en el cosmos y en nosotros.

¿Cómo miramos hoy al año que pasó y al que vendrá? Con serenidad. Nos sintonizamos con un movimiento cósmico afuera y adentro. En sintonía con él, dejamos que el año viejo sea el pasado, tal como fue, y dejamos que el año nuevo llegue con todo lo que él trae, sin lamentar nada de lo que pasó y sin preocuparnos por lo que vendrá.

Cada año de nuevo tomamos conciencia que nosotros y el mundo continúan su marcha, unidos en un movimiento eterno al cual nos abandonamos y en el cual podemos confiar.

¿Somos importantes para ese movimiento cósmico? Evidentemente sí. De lo contario no seríamos recogidos por él.

¿Podemos caer fuera de ese movimiento cósmico? Evidentemente no. Justamente porque él es cósmico nada puede ser separado o excluido de él. Al contrario. Cósmico quiere decir que todo está unido a todo, sobre todo con aquella fuerza que actúa detrás de todo, que todo lo mueve y que quiere que así se mueva.

Por eso, cada año de nuevo con el cambio de año nosotros adelantamos nuestras órbitas, tanto en lo grande como en lo pequeño. ¿Cómo? Con esperanza.

Preparados

Preparados estamos para lo que vendrá. Preparados miramos hace delante y dejamos atrás lo que ya pasó. Solamente cuando dejamos lo pasado estamos preparados para lo que viene.

Cuando dejamos todo estamos preparados para el final. Así preparados seremos libres de todo lo que ya pasó y libres de lo que viene, pero que solamente durará un instante para también después concluir.

¿Viene el final o ya está aquí? ¿Tiene el final un tiempo para venir? ¿O sin que exista un comienzo ya está aquí y por lo tanto sin que exista un movimiento del cual él surge?

Por eso, concentrémonos en el final ya ahora, en ese ahora en el cual el final ni viene ni deja de venir. Es que el final está aquí, siempre está aquí.

No obstante, para nosotros ese estar preparado para el final es parte de un movimiento. ¿Qué movimiento es ese? Es un movimiento que deja atrás, continuamente deja atrás, todo lo deja atrás.

¿Perdemos algo con ese dejar atrás? ¿Qué podríamos perder si dejamos que sea parte del pasado, si el final queda? Si para todo el final queda.

¿Puedo intentar poner en orden algo que ya ha pasado como si de esa manera lo acercase más al final? ¿O igual que todo lo demás tiene que haber terminado para siempre

justamente porque el final siempre está allí?

¿Cómo me preparo entonces para el final? Aceptando que nada de lo pasado me está esperando y que no dejo que nada de lo pasado me espere, como si a posteriori tuviese que poner en orden algo que ya ha pasado.

¿Qué sucede cuando en ese sentido algo pasado me está esperando y cuando yo intento corresponder a esa expectativa? ¿Sigo estando en todo sentido orientado y preparado para ese final? ¿Siguen estando otros, que de mí esperan que les ponga en orden algo que ha pasado, orientados y preparados para ese final?

Entonces dejo el pasado aparentemente inconcluso allí donde concluyó y libre de todo lo pasado, libre de todo mi pasado y libre de los pasados de todos los demás solo me preparo para el final.

¿Puede a veces el final a pesar de todo ponerme a su servicio por algo pasado para que lo libere de su pasado y de ese modo éste pueda encontrar el final en plenitud? ¿Sólo podemos encontrar ese final conjuntamente?

También en este caso le doy mi consentimiento a un movimiento, tal como él me mueve, así como él me mueve, para después cuando termina -para mí y para otros- soltarlo.

Por otro lado habría que tener en cuenta que las personas fallecidas a veces vienen en ayuda de los vivos poniéndoles algo en orden. También aquí podemos reconocer un movimiento del espíritu al cual nosotros nos unimos en la medida en que nuestra alma en sintonía con los movimientos pueda recoger y aceptar ese final. Esto quiere decir que tampoco aquí podemos dejar que se entrometa ningún otro movimiento entre nosotros y ese final, que también aquí somos directamente atrapados por su movimiento y en soledad nos preparamos para el final.

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