La voracidad es el impulso a incorporar algo masivamente, en forma inmediata, sin contemplar las leyes que regulan esa incorporación sin disfrutar la ingesta. En esta medida, trasciende la relación con los alimentos y se extiende a todo aquello que pueda ser incorporado: conocimiento, bienes materiales, fama, prestigio, afecto, sexo… Como todo impulso que se intenta caracterizar, admite diferentes grados de intensidad. Si utilizamos como prototipo su forma más intensa podemos decir que la actitud que mejor la define es: Quiero todo, ya, para siempre, como sea….

Las causas

Tradicionalmente se considero que la causa de la voracidad era la suma de “hambre intensa más destructividad”, y esa destructividad fue explicada como expresión del instinto de muerte. Un nuevo enfoque prioriza otro componente: la desorganización. La suma es, entonces: “hambre intensa más desorganización”. Este cambio puede parecer menor y sin embargo modifica radicalmente la manera de comprenderla y transformarla.

Hambre intensa

La intensidad del hambre crece por acumulación y desplazamiento. La primera es casi obvia: cuando una necesidad no es satisfecha durante mucho tiempo, su intensidad se acumula. Si me gusta mucho el chocolate y durante meses lo tuve “prohibido”, cuando la prohibición cesa querré comerme la caja entera. Así de simple. Y lo mismo ocurre con cualquier otra necesidad no realizada, ya sea sexual, afectiva, de diversión, etc. Si hace mucho que no tomo vacaciones, cuando las tengo, quiero realizar en esos días todos los deseos que acumulé mientras no las tenía. Esto es inevitable y no necesariamente perjudicial. El problema se genera cuando esa acumulación me desorganiza y entonces, cuando finalmente estoy de vacaciones, todo lo que viva me parecerá poco, de modo tal que terminaré con poco disfrute y mucho cansancio.

Para entender el desplazamiento, hay que tomar en cuenta que entre las múltiples necesidades que puedo sentir existe cierta conexión. Si estoy padeciendo el alejamiento de un ser querido y el ámbito emocional me resulta extraño, y lo que sé hacer es ganar dinero, es muy probable que intente llenar ese vacio en el ámbito que mejor conozco. De este modo mis ambiciones económicas, aunque no me dé cuenta del porqué, serán incrementadas más allá de los requerimientos propios de esa área. El principio general que rige es que, si de los múltiples canales a través de los cuales me expreso se van cerrando varios, el que quede abierto inevitablemente se va a sobrecargar. en ese canal abierto seré voraz. Y ese canal puede ser el de la comida, el sexo, el poder, el dinero, el prestigio, el afecto, el conocimiento, entre otros.

Esto quiere decir que no existe la voracidad primaria, esa que me llevaría a comer más de lo que necesito de un modo sostenido “porque sí”, por voracidad esencial. Esa es una creencia errónea que está muy generalizada y le hace daño a quien participa de ella porque descalifica una necesidad vital y la convierte en una pura distorsión, en un eterno fantasma amenazante e incurable.

La desorganización.

La acción de incorporar, por más que parezca simple, es una conducta compleja que requiere organización. Si es comida, tendré que masticarla, tragarla, digerirla y convertirla en una parte más de mí. Lo mismo ocurre con cualquier otra cosa que incorpore: un libro, una experiencia.. Pero esta capacidad no es igual en todos, tiene un límite y puede quedar desbordada. Cuando eso ocurre me siento perdido, no sé como incorporar lo que me atrae…y ahí aparece el “quiero todo, ya, para siempre, como sea”, que es precisamente el modo en el que se manifiesta el hambre intensa más la desorganización.

Quiero todo, ya…

Cuando la necesidad intensa me desorganiza, se convierte en insoportable. Esto quiere decir que no puedo permanecer en ese estado “ni un segundo más” y quiero “salir cuanto antes” de él.Si siento hambre valor menos diez y puedo soportarla, puedo recorrer el camino de su progresiva saciedad: puedo comer e ir pasando por el menos ocho, menos cinco, menos tres, cero, uno, hasta el estado anhelado de más diez, e ir disfrutando su recorrido. Cuando la necesidad se ha convertido en insoportable, quiero pasar del menos diez al más diez inmediatamente. Devoro la comida, vacio el plato inmediatamente sin saborearla, y apenas mastico lo mínimo indispensable para deglutirla. Es ese típico comer ansioso con el que me atraganto.

Si estoy leyendo, miro un poco de cada pagina, salteo otras para llegar al final y ni disfruto ni recuerdo lo que leí. Si estoy aprendiendo música, computación, algún nuevo deporte o lo que sea, no puedo ir incorporándolo clase por clase con la gradualidad propia de lo que esté aprendiendo. Lo que querré, en cambio, es hacerlo de un modo inmediato. Una fantasía frecuente que surge es imaginar que a quien “devoro” es al profesor y entonces me convierto en él con todo los conocimientos que ya tiene. Esta fantasía es un componente importante de los “enamoramientos repentinos” que suelen producirse entre alumnos y sus docentes circunstanciales.

¿Y qué es lo que ocurre aquí? Se desplaza el interés de la “materia prima” a la “fabrica”. Siento que “no tengo tiempo” para incorporar la materia prima y procesarla en la fábrica que soy, encarnada en el profesor. En realidad es mi desorganización la que hace que no confíe en que la fabrica que soy podrá procesar la materia prima que incorpore. Esto es lo que, en esencia, produce el “quiero todo, ya”. Cuanta más claridad tengo en relación a qué es lo que quiero y cuáles son los pasos para alcanzarlo, más se atenúa la reacción voraz.

Cuántos de nosotros en mas de alguna ocasión nos hemos escuchado decir…” No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”. En muy pocas palabras, expresamos la desesperación impotente del “quiero algo que no sé lo que es”, que cuando es muy intensa se hace insoportable y busca resolverse de un modo inmediato, aunque dentro de ese marco su solución sea imposible. Esa es la genialidad de su frase: desnudar el movimiento de la desesperación que desemboca en la búsqueda de soluciones imposibles que agraven el círculo vicioso, produciendo cada vez más desesperación.

Llegado a ese punto, si no puedo descubrir qué necesito y cómo alcanzarlo, siento que me queda una sola puerta de salida: anestesiar la percepción de mi necesidad. Allí aparecen los sedantes, las drogas…Y también “comer hasta reventar”, que si bien no es una forma de anestesia es algo parecido: concentro todas las necesidades en un área y luego las sobre satisfago allí para sentirme “lleno”, aunque sea solo de comida.

Para siempre

Cuando la sensación de carencia es muy intensa y dolorosa, una fantasía muy frecuente es: “Haré lo que haga falta para no volver a sentirla nunca más”. Si el motivo de la carencia son los bienes materiales, puedo alcanzar una acumulación tal que me brinde mayor seguridad de que la privación no se repetirá. Pero cuando esta necesidad de seguridad supera cierto limite, por mas que acumule nunca podré estar tranquilo: ésa es la voracidad económica.

Esto se complica más aún cuando la carencia es afectiva y no he comprendido aún que los afectos y el dinero están regidos por leyes distintas. Cuando no he comprendido esto, trato al afecto como algo material: para llenarme de él retengo el que siento e intento poseer y dominar las personas de quienes lo recibo. Esta es la voracidad afectiva. Dado que, como todos sabemos, la posibilidad de perdida de las fuentes externas de afecto está más allá de todo control, si padezco la voracidad afectiva tendré como compañera habitual la ansiedad y el temor de perder lo que me ilusiono en poseer “para siempre”.

Como sea

El “como sea” es la actitud que expresa más dramáticamente la intensidad, la desesperación y la desorganización que uno experimenta cuando está sintiendo una necesidad insoportable. Si mi hambre es mediana y soportable, tendré tiempo para preparar la comida y luego saborearla. Si mi hambre es insoportable, necesitaré comer “ya, como sea”.

Estas dos actitudes se reproducen también en los otros planos: económico, afectivo, de conocimiento, etc. y es también lo que da lugar a la degradación del comportamiento en sus diversas formas, entre las cuales la corrupción ocupa actualmente un lamentable primer plano. El “como sea” expresa la desorganización de quien lo experimenta y, curiosamente, en algunos ámbitos, por ejemplo, el deportivo, el “ganar como sea” se ha convertido en sinónimo de determinación y voluntad de triunfo. Se utiliza el ejemplo deportivo por la impresionante difusión que existe a través de los medios de ese tipo de declaraciones de un modo abierto y explicito, pero la realidad es que la misma actitud también esta muy presente en las otras áreas: económico-empresariales, políticas, etc.

¿Y qué significa el “como sea”? Que el medio ya no importa, que lo único importante es el fin. Aquí vemos la suma de dos causas: la desorganización psicológica, por un lado, y la adopción de una ideología distorsionada, por otro: la de que “el fin justifica los medios”. Cuando las dos se juntan, se potencian, y los seres humanos hemos acumulado innumerables experiencias de la degradación de la conducta a la que conducen: mediocridad, ineficiencia, corrupción, violencia, entre otras. Por esta razón es útil mostrar, una vez más, las graves consecuencias del “como sea”, al cual apelamos con tanta frecuencia, creyendo que es fuerza. Esta confusión produce consecuencias nefastas. En el corto plazo parece ser “eficaz” desde la perspectiva del logro. Quien actúa así suele decir: “No será ético pero lo real y concreto es que ganamos ” (la licitación, el partido de fútbol, las elecciones, u otros).

La actitud mental que prioriza el perfeccionamiento en la transgresión de los medios legítimos para obtener el fin deseado conduce a descuidar la capacitación para alcanzar ese fin respetando los caminos correctos. Este movimiento, a mediano y largo plazo, produce decadencia y deterioro, y en un lapso variable la catástrofe siempre es inevitable y estrepitosa.

Cómo se cura

La voracidad se cura en la medida en que se logra disminuir y organizar la necesidad de incorporar que tiene el aspecto voraz. Esto vale para cualquier tipo de voracidad: alimentaría, económica, afectiva, de poder, de conocimiento, etc. Este objetivo se logra a través de dos caminos convergentes, y los examinaremos por separado. Por una cuestión didáctica nos centraremos en la voracidad alimentaría; pero como dijimos antes, vale para todas:

a) Es necesario rehabilitar todos los canales de expresión para que las fuentes de gratificación se distribuyan de un modo parejo y se disminuya de ese modo la sobrecarga del canal alimentario. Nos nutrimos de muchas experiencias. Si en mí existe la potencialidad de expresarme y gratificarme a través del movimiento físico, la danza, la escritura, los intercambios sociales y afectivos, etc., y por diferentes razones estos caminos están inhibidos, es fundamental trabajar sobre ellos para que pueda recuperar esas formas de expresión. Si me gusta bailar y no me animo, si no me siento querible y eso me frena el acercarme a las personas que me atraen -y así con el resto de mis intercambios-, esas restricciones sobrecargan el canal de la comida: es inevitable que busque allí la compensación por todas las frustraciones crónicas que acumulo.

b) Asistir a la parte voraz con la comida para que recupere la organización, la capacidad de disfrute, la moderación natural, y poco a poco disuelva el hábito de compensar comiendo las insatisfacciones en otras áreas. Cuando alguien consulta por este problema es porque no quiere ser voraz. Quiere necesitar comer menos, adelgazar, sentirse bien con su cuerpo, y no lo logra… entonces pide ayuda. La situación que vive implica que hay en ella dos partes claramente distinguibles: una que quiere adelgazar y otra que come, no hace dieta y no responde a ese deseo. Es lo que llamamos su parte voraz. Es muy importante mirar cómo se relacionan entre sí estas dos partes porque de esa relación va a depender su destino: que se cure o que se agrave.

Viky tiene 25 años y consulta por un hambre incontrolable que la ha convertido en obesa. Quiere hacer dieta, adelgazar, pero tiene ataques de hambre que la llevan a darse unos atracones que no puede parar. Después se siente muy mal, algunas veces vomita y siempre queda con impotencia, angustia y depresión. En un momento de nuestro diálogo, para conocer cómo era su reacción hacia su parte voraz, le pregunté: -Si tuvieras a esa parte voraz delante tuyo, ¿qué le dirías?

Y ella le dijo: -¡No te aguanto más, te desprecio, eres una gorda horrible. Te encerraría en una habitación con doble llave para que no puedas salir… o te cosería la boca, así no comes más y me dejas ser normal … !

Cuando la invité a que entrara en la piel de la parte voraz y viera qué sentía al oír eso, y que desde ahí le respondiera, le dijo:-¡No me importa lo que me digas! A mí me gusta comer y como. Si a ti te da rabia, ése es un problema tuyo.

Puede parecer raro que dos partes de uno mismo hablen entre sí como se hablan dos personas. No estamos habituados a percibirlo así, pero eso es de hecho lo que ocurre. Es más, existe en todos, sucede continuamente, seamos o no conscientes de ello, y somos el resultado de ese diálogo interior. Por esta razón, entrar en ese espacio es como entrar en la fábrica donde se producen nuestras actitudes y respuestas de todos los días. De ahí su enorme importancia.

Volviendo ahora al contenido de este diálogo, vemos que el deseo de Viky de adelgazar no sabe qué hacer con la parte voraz, se siente impotente, se enoja y la humilla. Además, apela a lo único que conoce y que imagina que puede ser útil: encerrarla y forzarla para que no coma. Por el otro lado, la parte voraz, al sentirse herida por ser despreciada, se defiende, se pone rebelde y se autoafirma en cómo es: “¡Yo soy así y si no te gusta es tu problema!”.

En este marco, la voracidad no se cura. Durante algún tiempo el deseo de adelgazar podrá dominar a la parte voraz, pero ésta acumula malestar y resentimiento, y en cuanto afloja el control, sale como una tromba imparable y se da otro atracón. Luego otra vez las acusaciones, otro tiempo de dieta y control… hasta la próxima vez. Este círculo vicioso continúa y deja como residuo más desaliento y más pelea interior. Para resolver esto es necesario realizar un trabajo, que no es imposible, pero que hay que hacer. Vamos a describir sus notas centrales:

* Que la parte que quiere adelgazar reconozca que no sabe qué hacer con la voraz y en su ignorancia la hiere y quiere dominarla para que no coma.

* Que esa forma de intentar resolver el problema produce el efecto opuesto al esperado: la parte voraz se hace más voraz.

* Cuando este primer error se reconoce, se posibilita el segundo descubrimiento: al sentirse más respetada, la parte voraz disminuye su rebeldía defensiva y eso le permite conectarse con una zona más profunda de sí misma en la que siente que en realidad ella tampoco quiere ser voraz, que ella también desea poder moderarse, no necesitar de esos atracones y poder adelgazar. Este descubrimiento, que puede parecer irrelevante, es sin embargo fundamental. Cambia radicalmente el escenario anterior: ya no hay más dos enemigas en combate permanente y comienzan a reconocerse como dos socias, dos tripulantes del mismo barco que quieren lo mismo y no saben cómo lograrlo. Ya no hay más guerra, hay un problema común. Además, la parte voraz recupera el contacto con su propio deseo de curarse, que es en última instancia el “combustible” imprescindible que ella necesita para recorrer el camino de su transformación.

* Una vez reconocido el problema común, la transformación continúa cuando ambas comienzan a explorar cómo pueden sumar sus energías para resolverlo.

Cuando Viky ya había alcanzado este punto, le pregunté a su parte voraz: “Ya que tu también quieres adelgazar y sabes que el trato que recibiste hasta ahora no te ayudó, ¿cómo necesitarías que ella te hable y te trate para sentirte genuinamente ayudada a necesitar comer menos?”. Primero se sorprendió, pues no estaba habituada a que la consultaran, y luego comenzó a tomar contacto con cuáles eran sus necesidades. Al hacerlo, le dijo a la otra parte: “… Algo que no me diste nunca: aliento, respeto, que me escuches, que no me amordaces.. . y siento sorpresa, no sabia que necesitaba esto que te estoy diciendo… “. Viky misma se sorprendía al descubrir cuál era la necesidad profunda de su aspecto voraz. Este comentario parece obvio pero es necesario destacar la extraordinaria diferencia que existe entre lo que la parte voraz necesita y lo que en cambio recibe, de parte de Viky misma, ¡ momento a momento, día tras día … ! Aquí ya han comenzado a sentarse las bases para resolver el problema común que tienen.

* Este proceso se completa cuando a Viky se la guía para que explore el modo en el que está disponible en ella la posibilidad de brindarle a su parte voraz el trato interior que dijo que necesita. ¿Y qué quiere decir esto?: en Viky está el deseo de transformar su parte voraz y lo venía haciendo de un modo que producía el efecto contrario. Ahora, al escuchar a la parte voraz, sabe qué es lo necesitado. El aprendizaje consiste entonces en que logre expresar ese deseo a través de la forma requerida. Este es el pasaje del deseo de cambio ignorante, ineficaz y destructivo, al deseo de cambio eficaz, resolutivo y asistencial. Este es, a mi juicio, el aprendizaje más importante que necesitamos hacer los seres humanos en el plano psicológico. Significa un cambio radical en la manera de utilizar la energía. Cuando se logra, el metabolismo psicológico cambia. Y este cambio actúa continuamente, como un “goteo” de energía amorosa, de autocuración.

Aquí es donde más se pone de manifiesto la diferencia que existe entre describir un proceso y vivirlo. Recién cuando uno lo experimenta con sus entrañas es cuando puede reconocer en plenitud la extraordinaria potencia de esa transformación. Su sencillez y su complejidad. En este caso, lo he presentado en relación con la voracidad, pero se extiende a cualquier emoción rechazada. En última instancia, la esencia es la misma: darle a la energía del rechazo la sabiduría necesaria para que deje de ser motivo de enfermedad y sufrimiento y se convierta en el motor más poderoso de la autocuración. Esta es una potencialidad que todos albergamos, que pocos ejercemos, que requiere un trabajo para ponerla en marcha y que, como todo aprendizaje, requiere dedicación. Pero se puede.

Dr. Norberto Levy.

Meditaciones en el mar rojo.