Un guerrero avanza sin tener en cuenta el peligro. Sobre todo un guerrero del espíritu. Sus flechas quedan adheridas. Por más que duelan, no es posible extraerlas. Pero no matan. Al contrario, nos impulsan hacia adelante, nos alejan de lo que aprendimos a querer, nos alejan de lo blando hacia la realidad que debemos enfrentar, por más dura que se nos muestre.

Heráclito fue un guerrero de ese tipo con su frase: Polemos pater panton, es decir, “la guerra es el padre de todas las cosas”. También Jesús fue un guerrero con su frase-aquí aparentemente opuesta de la frase de Heráclito: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a aquellos que os odian.” Otro guerrero es el Nahual de la tribu indígena yaqui del que habla Carlos Castaneda en sus libros. Cuando hablaba de los enemigos del conocimiento nombró, en segundo lugar, detrás del temor, a la claridad. Aun si nosotros nos rebelamos contra esa frase, llega. Yo también fui un guerrero cuando desenmascaré a la conciencia buena o tranquila como el enemigo del amor, la que divide a las personas en buenos y malos y decide quién o qué puede existir y qué debe ser aniquilado.

Si seguimos el ejemplo de ese tipo de guerreros se requiere coraje para avanzar, sin tener en cuenta las objeciones que en nuestra alma eluden a la verdad de estas comprensiones y las debilita o quiere escapárseles. Pero siguen siendo un aguijón en la carne.

¿Cómo nos volvemos guerreros así? Por extraño que suene, a través del amor hacia todo tal como es, también hacia aquello que parece estar en nuestra contra. Ese amor se despide del fingimiento que nos lleva a considerar como bueno todo aquello que va en contra del amor a todo tal como es, porque se coloca por encima del lado oscuro de nuestra realidad en lugar de encararla.

Únicamente aquel amor que también reconoce al otro lado como equivalente, es puro. Ese amor es humilde. Al mismo tiempo es creador. Pone en funcionamiento algo y lo mantiene funcionado. A pesar de que ese amor reconoce los opuestos, los supera sin anularlos. Ese amor es libre, y libera. ¿Cómo? Con coraje.

Plenitud. La mirada del Nahual”, Bert Hellinger,  “El guerrero” p. 82